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Palabra de pez

 

© fotografía Sylvia Jagerroos  (Maldivas)

 

La verdadera dimensión de los océanos está debajo del agua y no en superficie. Ahí abajo nos esperan las experiencias más auténticas. Un mundo nuevo y fascinante. Nada más zambullirnos se hace la paz silenciosa, envueltos por un intenso y penetrante azul cobalto.

De repente estás solo en el azul y todo se detiene. Hay lugares en los que cada inmersión se convierte en un ejercicio de meditación mientras descubres las diferentes interacciones de la fauna submarina y el entorno. El buceo puede convertirse en una actividad iniciatica con la que

agudizar los sentidos y despertar nuevas capacidades perceptivas. Y esta “conexión” es uno de los mayores placeres del buceo, una vez descubiertos y aprendidos los aspectos más usuales de esta apasionante actividad.

Al bucear, lo primero que experimentamos es la sorprendente sensación de ingravidez. La sensación de flotar libremente en un medio tridimensional nos regala el sueño de volar y evolucionar a nuestro antojo. Al bucear, rasgamos la frontera prohibida para sumergirnos en un medio vetado al ser humano hasta hace pocos años. Y entonces son los peces los que nos descubren a nosotros, los intrusos seres de las burbujas.

© fotografía A.Piedra  (Misool Raja Ampat)

Que diferentes resultan los peces al verlos muertos en las lonjas de los pescadores.… Por el contrario en el mar transmiten su graciosa y delicada “personalidad” subacuática. Qué transgresión no ver en ellos más que un producto comercial cuyo valor es su precio como alimento al peso... Al bucear con seres submarinos aprendemos a apreciar su verdadera importancia y el respeto por preservar sus formas de vida. A proteger la existencia de estos bellos pobladores del océano en donde se originó la vida en nuestro planeta, y que con el tiempo y la evolución condujo a nuestra propia existencia, la de los seres humanos.

© fotografía A.Piedra  (Misool Raja Ampat)

 

Descubrir la intensidad de la vida

El buceo nos permite pasar largos periodos debajo del agua deambulando como si fuéramos uno más dentro del complejo ecosistema marino. En muchas expediciones de buceo se llegan a hacer 5 inmersiones al día de más de una hora de duración lo que significa pasar unas 6 horas diarias debajo del agua. Así, no es raro en ocasiones ya estando en el barco tras finalizar la jornada, cerrar los ojos y sorprenderte al ver imágenes submarinas como si estuvieras de nuevo buceando. Curiosa alucinación, tan bella como real.

En las inmersiones de arrecife lo más apasionante es observar la interacción de los animales con el entorno, con los otros peces y descubrir incluso la interacción de la vida marina con nosotros mismos.

El mar es infinitamente más de lo que solemos expresar al hablar de él. De hecho todo el mundo habla del mar para describir exclusivamente esa capa límite superficial en la que navegamos con nuestros barcos, nos bañamos o flotamos. Pero el mar NO es esa frontera en donde se manifiestan las olas y donde rugen los vientos. El mar es todo su volumen, toda su riqueza, toda su vida, el lugar sereno, imperecedero y eterno en donde ahora gracias a la técnica, podemos vivir en él cómo uno más de sus habitantes marinos.

Desde hace solo algunas décadas, podemos bucear de forma autónoma y descubrir las diferentes formas de vida subacuáticas. Pero sobretodo son los seres marinos los que nos van descubriendo a nosotros, buzos humanos. En las inmersiones descubrimos criaturas ágiles, divertidas, variadas y rebosantes de vitalidad, en un mundo tan duro y competitivo para la vida como lo es la vida terrestre. En cada rincón del planeta descubrimos en el mar nuevos animales, y especies endémicas tan variadas como fascinantes y en ocasiones incluso desconcertantes.

Y es este descubrimiento el que nos abre la mente y nos enriquece de forma personal. A medida que comprendemos la biodiversidad de la vida, disminuye el banal sentimiento antropocéntrico, y con ello se disuelve en alguna medida parte del ego que arrastramos y nos desconecta del mar y sus habitantes submarinos.

Entonces se hace evidente la terrible trasgresión que comete continuadamente el ser humano contra su entorno y contra los océanos. La mar que nos dio la vida y de la que dependemos para nuestra supervivencia como especie, está profundamente amenazada por el ser humano. Si muere el mar, morimos con él. ¿Por qué no lo asimilan los gobernantes y demás personajes políticos que toman las decisiones en los países del mundo? ¿Tan necia es la ignorancia?

 

La vida submarina

Al observar a los peces, su territorialidad, su conducta, sus hábitos, nos sorprendemos de lo complicado que puede llegar a ser su comportamiento. No sabemos prácticamente nada de ninguna de las especies y sin embargo, o quizás por ello, las tratamos con absoluto desprecio. Arrasamos los mares como quien destruyera una obra de arte sin reconocer su preciado valor.

Recuerdo el primer y alucinante cambio de color al plantarme delante de un bello ejemplar de pulpo de arrecife. Bruscamente su cuerpo cambió de tono adaptando su pigmentación al de las rocas del entorno. Un par de segundos después adquiría un color marrón oscuro uniforme mientras me miraba de reojo a medida que reptaba entre las oquedades del arrecife. El cambio es tan radical y rápido que impresiona siempre que lo podemos observar.

Estando en el mar de Filipinas pudimos presenciar en una ocasión, una divertida escena que ponía de manifiesto la inteligencia de los cefalópodos. Un pequeño pulpo se escondía debajo de la arena en la que había escarbado una cavidad. Maniobraba sus tentáculos como si fuera una pequeña grúa, tomando un pequeño fragmento de concha que era utilizado a modo de techo para así permanecer escondido y agazapado acechando a sus posibles presas.

Aprendimos que las morenas no tiene la boca abierta para intimidar, sino para “respirar” el oxigeno del agua, o como se dejan “acariciar” si te aproximas con “mimo” a sus serpenteantes lomos.

Cada mar del planeta tiene sus propias sorpresas que en ocasiones parecen sacadas de las mentes de los cineastas más fantasiosos, como por ejemplo las sorprendentes ostras eléctrica que emiten “chispazos” como si fueran luces LEDs submarinas. A lo largo del perímetro de su tejido vivo y con una cadencia de un pulso, cada uno o dos segundos se produce una pequeña traza luminosa de color verde fósforo, como si de una luciérnaga marina se tratara.

No podremos nunca olvidar un increíble encuentro con una inteligente sepia de unos treinta centímetros de longitud, que muy lejos de parecerse al producto sin vida de cualquier supermercado, nos dejó atónitos por su comportamiento iridiscente. Al sentirse nerviosa por nuestra presencia toda ella se convirtió en un alucinante emisor de señales visuales haciendo recorrer a lo largo de su cuerpo hipnóticas franjas paralelas que iban barriendo lentamente el lomo desde su cabeza hacia atrás, con fantasmagóricas bandas vibrantes de tonalidades moradas.

Por ejemplo, en el norte de la isla de Sulawesi en Indonesia viven extraños peces diablo que parecen sacados de una película de ciencia ficción. Aunque pueden nadar, prefieren reptar por el fondo con sus dos aletas convertidas en garras. Su color parduzco oscuro les permite mimetizarse con el fondo aunque si les llegas a asustar, salen de estampida avanzando de un solo salto un par de metros mientras despliegan unas alas con las que planean a ras del fondo arenoso y que recuerdan a las de un murciélago aunque con una membrana de color rosa fucsia chillón que destaca escandalosamente buscando asustarnos, o sorprendernos, para que le dejemos tranquilo.

Muchos aficionados al buceo son arrebatados por tanta belleza expresadas por los científicos bajo anodinas palabras como mimetismo, biodiversidad o fisiología. Pero es mucho más que eso. Esta es la razón por la que muchos buceadores se aficionan a la fotografía submarina para registrar tanta belleza, cromatismo, sorpresa y belleza. Al fijarnos para sacar las mejores fotos, comenzamos a penetrar en sus comportamientos, en sus costumbres. A descubrir algunas pequeñas claves de sus secretos sistemas de vida, de sus lenguajes ocultos.

 

 

La imponente belleza de los tiburones

 

Que nefasta han sido películas como “Tiburón” del cineasta Speelberg, y qué daño y desinformación han originado. Respecto a la supuesta peligrosidad del tiburón conviene poner las cosas en perspectiva.

Al año mueren de media unas 5 personas debido a los tiburones en TODO el planeta, frente a por ejemplo 30 niños atacados mortalmente por perros domésticos o 1.500 personas que mueren por la caída de un rayo. Y en las pocas decenas de ataques registrados, la mayoría son provocados por los humanos. Sólo unas pocas especies de tiburones son responsables de dichos ataques. La mayoría de las especies de tiburones jamás atacan al ser humano. Por ejemplo en el pasado año 2007 sólo hubo una muerte por tiburón en todo el planeta.

Pero mientras tanto, los insensatos pescadores arrasan año tras año 100.000.000 “cien millones” de tiburones en todos los mares del planeta, lo cual además de ponerlos en eminente peligro de extinción, elimina a los “limpiadores” de los arrecifes coralinos verdaderas granjas donde se genera la vida de los océanos.

Los tiburones son uno de los animales más extraordinarios del planeta que han existido desde hace más de 450 millones de años, contemporáneos de los dinosaurios, poblando los océanos antes de que los vertebrados terrestres habitaran la tierra y incluso antes de que muchas plantas se desarrollaran en los continentes. Las especies actuales han estado ahí desde hace 100 millones de años y sólo debido al ser humano están ahora a punto de desaparecer  por la brutal presión de los pescadores en las últimas dos décadas.

Su anatomía ha ido mejorando a lo largo de tan largo desarrollo hasta alcanzar capacidades fantásticas al margen de su intrínseca belleza. Por ejemplo, el tiburón Toro puede vivir en ambas aguas, salada y dulce, en búsqueda de alimento. El longevo tiburón Zorro llega a vivir 100 años. Son animales curiosos y en muchas ocasiones dóciles capaces de resolver problemas en la búsqueda de su alimento.

Mucho de ellos cazan en solitario, mientras que otras especies colaboran en equipo para desplazas a sus presas a lugares en los que poderlos cazar con mayor facilidad. En los arrecifes de Palau en Micronesia fuimos testigos de cómo una manada de tiburones punta blanca regateaban entre los huecos del arrecife para empujar a sus presas en un ejercicio de potencia, agilidad y habilidad que pone de manifiesto la verdadera majestuosidad de estos animales. 

Se les ha visto en ocasiones divirtiéndose juntos, lo que muestra una faceta inédita de ellos. Cuando duermen recostados en el fondo arenoso o dentro de una cueva submarina, una parte de  su cerebro sigue en activo vigilando el entorno. Son capaces de nadar a enormes profundidades de hasta 3.000 ó 4.000 metros.

Nadar con tiburones manteniendo el respeto que evocan, es un completo disfrute. Deleitarse de su estilizada natación, la belleza de sus curvas, su inmejorable diseño hidrodinámico. El encuentro con los tiburones es siempre fantástico y excitante.

 

 

Si el mar es de todos,…. ¿Por qué los pescadores tienen “patente de corso” para depredar y aniquilar toda forma de vida en el mar? La pesca como profesión ha heredado unas prebendas, que si bien en el pasado eran soportables, ahora se manifiestan totalmente insostenibles e intolerables. Se impone un cambio de paradigma social que defienda y proteja los mares, la vida marina por sí misma.

 

Interaccionar con la vida submarina

Para los peces, a diferencia de los animales en tierra, el buzo no implica ningún peligro pues genéticamente no han desarrollado ningún miedo atávico hacia el ser humano como ocurre con los animales terrestres. Para ellos, somos algo tan nuevo como extraño.

Los pequeños y coloridos peces limpiadores ven en nosotros un “cliente” más a quien limpiar si permanecemos inmóviles en la estación de limpieza, con seguridad más de uno se acercará a limpiarnos y desparasitarnos mientras nos rondan a pocos centímetros de las gafas de bucear. Pero los peces rémora también nos toman en ocasiones por algún gran cetáceo y a poco que uno se despiste puede verse acompañado por varios ejemplares como bien pudimos experimentar en sitios como el “Blue Hole” de Belize.

A pesar de la enorme diferencia de tamaño, muchos peces payaso no dudarán en lanzarnos un inocente pero valiente mordisquito para ahuyentarnos si nos aproximamos con descaro a su anémona en la que se esconden y protegen a sus minúsculos hijos. En algunas otras ocasiones, como por ejemplo en los fondos arenosos de la isla de Cozumel, nos sorprendimos al comprobar cómo algunos peces se lanzan en picado contra el fondo para enterrarse en la arena como auténticos zapadores, para emerger de nuevo al agua unos segundos más tarde y a unos cuantos palmos de distancia desde donde siguen nadando.

Bucear está lleno de pequeños y preciosos momentos que a veces lleva años volver a repetir. Recuerdo la fantástica danza sincronizada de un crinoideo en vuelo de una roca a otra, batiendo sinusoidalmente sus numerosos y coloridos brazos con gracia y armonía, en un hipnótico ballet de movimientos perfectamente simétricos y equilibrados.

 

La percepción del mensaje

Existen ocasiones en las que el "mensaje" se produce sin lugar a dudas, aunque no podamos hablar el lenguaje de los peces o de los mamíferos marinos. Son las experiencias más ricas e intensas.

En una ocasión en Micronesia tuve la suerte de poder bucear en paralelo durante varios minutos a sólo un metro de distancia de una preciosa manta águila que me miraba de reojo en mitad de un agua cristalina con una visibilidad de unos 40 ó 50 metros. La experiencia es impresionante y majestuosa. Las “eagle ray” no son tímidas y te deja nadar junto a ellas, pero sin perderte de vista con su pupila viperina parecida a la de los tiburones. En un momento dado, decidí acercarme más a ella, lo cual la detuvo en seco mientras levantaba bruscamente su cuerpo entero a la vertical sin ni siquiera girar para enfrentarse. El mensaje no podría ser más claro… “si quieres pasear conmigo vale, pero no te acerques ni un pelo más...”. La práctica totalidad de los animales marinos son totalmente pacíficos con el hombre y hay que molestarlos a conciencia para que se defiendan. Jamás nos hemos visto envueltos en situaciones comprometidas por culpa de seres marinos, aunque sí que hemos corrido peligros serios por culpa de corrientes o por imprudencias en el uso de los tanques de aire.

En cierta ocasión encontramos en una oquedad de la roca una familia de peces. Allí estaban al fondo de la cueva un gran mero detrás del cual se escondían 4 ó 5 pequeños de sólo unos centímetros de tamaño, y delante a medio metro de distancia y protegiendo la entrada otro gran ejemplar algo mayor, que me miraba directamente a mis ojos. No sé cómo lo hacen, pero todos los peces saben dónde está nuestra mirada a pesar de nuestra máscara de buceo. Yo me movía despacio y él giraba conmigo manteniendo la distancia y sin ningún signo de inquietud o preocupación, pero transmitiéndome una clara petición de dejarlo en paz y tranquilo.

Todavía hay hombres que encuentran placer en quitar la vida a otro ser vivo. Jacques Mayol, antes de convertirse en un gran defensor de la vida y del mar, era un aficionado más a la pesca submarina. Pero un día tuvo una experiencia reveladora al arponear a un pobre mero que huyó despavorido a esconderse en una pequeña cueva submarina en la que se produjo un forcejeo mientras el pez luchaba por su vida. En esta desigual lucha, una de sus manos se deslizó por el interior de la oquedad tratando de asustar y sacar al mero de su escondite. Sin quererlo tocó su cuerpo. Sintió de golpe el galopar desbocado de su corazón desesperado y de pronto comprendió el pavor y el pánico que sentía aquel ser inocente. Tan fuerte fue el sentimiento de vergüenza y sin sentido que Jacques experimentó, que jamás volvió a tirarse al agua con un fusil de caza submarina.

 

Texto ©. Alberto Piedra

 

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