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Sargazo; un marrón en el Caribe

 

 

El agua ya no es turquesa. Las playas de arena blanca han sido invadidas por las algas pardas. El olor a mar ha sido sustituido por un hedor a huevos podridos. Muchas marinas están casi vacías y los pocos barcos que quedan no se atreven a salir por miedo a obstruir los sistemas de refrigeración del motor. Una espesa alfombra marrón lo cubre todo. No es una marea negra. Es el sargazo.

Hace apenas veinte años su presencia era un fenómeno casi anecdótico, pero hoy constituye el mayor problema ambiental que afrontan las costas tropicales del Atlántico occidental. Cada primavera y verano millones de

toneladas de esta alga flotante recorren miles de kilómetros desde alta mar, antes de invadir playas, puertos deportivos, fondeaderos y arrecifes desde Brasil hasta Florida.

Lo que durante siglos fue uno de los ecosistemas más ricos del océano abierto se ha convertido, cuando llega a tierra, en una amenaza para el turismo, la pesca, la navegación y la economía de decenas de islas caribeñas.

 

 

En los pueblos costeros reina un silencio inquietante. Los turistas han desaparecido prácticamente de la noche a la mañana. Los negocios están cerrados. Los amarres normalmente imposibles de encontrar, están vacíos. Es cierto que estamos al final de la temporada alta (Caribe), pero nunca había sido así. Y en algunos momentos el ambiente es irrespirable debido a la putrefacción de estas algas. El puerto deportivo donde esperaba amarrar el barco es prácticamente inaccesible por la densa capa de sargazo. Las embarcaciones, inmóviles en sus amarres, parecen abandonadas, varadas en una espesa sopa marrón sin la más mínima ondulación que delate que aún hay agua debajo de ellas.

 

Mucho más que un alga

Aunque solemos hablar del sargazo como si fuera una única especie, en realidad se trata principalmente de dos especies pelágicas: Sargassum natans y Sargassum fluitans y a diferencia de la mayoría de las algas, éstas nunca necesitan fijarse al fondo marino. Permanecen flotando gracias a pequeñas vejigas llenas de gas que funcionan como diminutos flotadores naturales.

 

 

Durante siglos formaron enormes agregaciones en el conocido “Mar de los Sargazos”, allá por dónde está el famoso "triángulo de las Bermudas", una región del Atlántico Norte donde las corrientes oceánicas crean un gigantesco remolino que mantiene las algas confinadas en alta mar. Allí cumplen una función ecológica extraordinaria. Cada zona de sargazo funciona como un arrecife flotante que alberga mucha vida marina.

Entre sus ramas viven más de 300 especies de invertebrados y alrededor de 120 especies de peces. Peces voladores, peces ballesta, dorados, petos, atunes, tortugas marinas e incluso algunas especies de tiburones utilizan estas masas como refugio, zona de alimentación o guardería para sus crías. Para cualquier pescador de altura, encontrar una línea de sargazo suele equivaler a encontrar vida.

 

¿Por qué han proliferado tanto?

No está claro... Hasta 2011 apenas existían registros de grandes invasiones de sargazo en el Caribe. Sin embargo, en apenas quince años ha aparecido un nuevo fenómeno oceánico: el Gran Cinturón Atlántico de Sargazo, una franja que algunos años supera los 8.000 kilómetros de longitud y que puede contener más de 35 millones de toneladas de biomasa flotante se expande de forma desmedida.

 

 

Los científicos creen que no existe una única explicación, sino la combinación de varios factores. El primero es el aumento del aporte de nutrientes. Los ríos Amazonas y Congo transportan hoy cantidades muy superiores de nitrógeno y fósforo procedentes de fertilizantes agrícolas, aguas residuales y deforestación. Estos nutrientes actúan como un gigantesco fertilizante oceánico.

El segundo factor es el calentamiento del océano. Las aguas superficiales del Atlántico tropical son ahora entre medio grado y un grado más cálidas que hace cuarenta años. Puede parecer poco, pero para muchas algas supone una diferencia enorme en su velocidad de crecimiento y reproducción. A ello se suma la alteración de las corrientes oceánicas y de los patrones de viento asociada tanto al cambio climático como a fenómenos como La Niña y El Niño. Estas variaciones modifican el transporte del sargazo desde el Atlántico ecuatorial hacia el Caribe.

 

 

Algunos estudios también apuntan a un aumento del polvo procedente del desierto del Sáhara. Este polvo contiene hierro y fósforo, dos nutrientes esenciales para el crecimiento de muchas algas. El resultado es un sistema que parece haber encontrado un nuevo equilibrio... pero uno muy distinto al que conocíamos.

 

Cuando el paraíso deja de oler a mar

Mientras permanece en alta mar, el sargazo representa uno de los ecosistemas más productivos del planeta. Pero todo cambia cuando alcanza la costa. Las acumulaciones pueden superar el metro de espesor. En pocos días comienza la descomposición bacteriana. Durante ese proceso se libera sulfuro de hidrógeno, un gas tóxico responsable del característico olor a huevos podridos.

 

 

En concentraciones elevadas provoca irritación ocular, problemas respiratorios, cefaleas y náuseas. Para personas asmáticas o con enfermedades pulmonares, la exposición prolongada puede convertirse en un serio problema de salud. Bajo esas enormes masas de algas también disminuye drásticamente el oxígeno disuelto en el agua.

Los peces mueren. Las praderas de fanerógamas marinas desaparecen. Los corales reciben menos luz. Las tortugas encuentran enormes dificultades para acceder a las playas donde tradicionalmente anidan.

 

Navegar entre algas

Para los navegantes el problema va mucho más allá del aspecto visual. El sargazo obstruye las tomas de agua de refrigeración, inutiliza bombas, reduce la eficacia de hélices y propulsores, atasca los sistemas de aire acondicionado marino y puede provocar sobrecalentamientos graves en motores fueraborda e intraborda.

En algunas marinas resulta literalmente imposible entrar o salir durante varios días. Las maniobras de fondeo también se complican enormemente porque el patrón pierde visibilidad sobre el fondo y las cadenas quedan enterradas bajo enormes masas vegetales. Muchos puertos deportivos necesitan dragas, barreras flotantes y embarcaciones recolectoras trabajando diariamente durante meses.

 

 

Las entradas a las marinas se vuelven intransitables. Los sistemas de refrigeración se obstruyen. Las tomas de agua se atascan. Las anclas desaparecen bajo mantos tan espesos que se asemejan más a una turbera empapada que al mar. Navegar entre densas acumulaciones de sargazo puede provocar un rápido sobrecalentamiento de los motores. Incluso cuando la navegación sigue siendo técnicamente posible, la experiencia resulta desagradable.

 

Los puntos calientes del Caribe

Las zonas más castigadas cambian ligeramente cada año según las corrientes y el viento, pero existe un patrón bastante claro. Las costas orientales de Barbados suelen ser las primeras en recibir las oleadas de sargazo. Después llega a Santa Lucía, Martinica, Guadalupe, Dominica y San Vicente. Más al oeste, la situación es especialmente complicada en la Riviera Maya mexicana, donde localidades como Tulum, Akumal, Puerto Aventuras y Mahahual soportan enormes masas de sargazo durante buena parte del año.

También sufren episodios importantes Jamaica, República Dominicana, Puerto Rico, las Islas Vírgenes, Belice y buena parte del litoral norte de Honduras. En Estados Unidos, los Cayos de Florida y algunas playas del sur de Florida experimentan invasiones cada vez más frecuentes.

 

 

En abril, la NOAA llegó incluso a desarrollar una herramienta de seguimiento con actualizaciones diarias del riesgo, cuya consulta resulta muy recomendable antes de planificar cualquier travesía o salida de navegación por las Antillas. En toda la región, desde el norte de Brasil hasta el sur de Florida, comunidades enteras están lidiando con sus consecuencias.

La Riviera Maya, en México, se ha convertido en uno de los frentes más visibles de esta batalla. Allí, las autoridades han desplegado embarcaciones de la Armada y personal militar para interceptar las algas antes de que cubran las playas y colapsen las marinas. Suena exagerado hasta que uno lo ve con sus propios ojos. Entonces empieza a parecer una auténtica guerra de desgaste, con trabajadores exhaustos paleando sargazo en descomposición para formar montones que luego son retirados.

 

 

¿Tiene solución?

Eliminar el sargazo una vez llega a tierra es extraordinariamente caro. Muchos países utilizan barreras flotantes para desviarlo antes de que alcance las playas. Otros emplean embarcaciones especializadas capaces de recoger cientos de toneladas diarias. Sin embargo, numerosos científicos consideran que la verdadera solución pasa por interceptarlo mar adentro, donde aún conserva gran parte de su valor ecológico y resulta mucho más sencillo aprovecharlo industrialmente.

 

 

Hoy se investiga su utilización para fabricar fertilizantes, biogás, bioplásticos, ladrillos ecológicos, materiales aislantes e incluso productos farmacéuticos. El problema es que las cantidades que llegan cada año superan ampliamente la capacidad actual de aprovechamiento. Además, el sargazo puede acumular metales pesados y arsénico absorbidos del agua de mar, lo que limita algunos de sus posibles usos agrícolas y alimentarios.

 

Un nuevo Caribe

Quizá lo más preocupante no sea el sargazo en sí. Lo inquietante es que ya no parece un fenómeno excepcional. Todo indica que el Gran Cinturón Atlántico de Sargazo se ha convertido en una característica permanente del Atlántico tropical. Los modelos climáticos sugieren que, mientras persistan las actuales condiciones de temperatura, nutrientes y circulación oceánica, estas proliferaciones seguirán produciéndose año tras año.

El Caribe siempre ha vivido mirando al mar. Hoy sigue haciéndolo, pero con una mezcla creciente de admiración y preocupación. Porque el mismo océano que alimenta la pesca, impulsa el turismo y da sentido a la vida de millones de personas también está enviando un mensaje inequívoco: los equilibrios del Atlántico están cambiando.

Pero aún quedan algunos aspectos positivos; Los atunes de aleta amarilla se acercan a la costa más que nunca, siguiendo las corrientes ricas en nutrientes. De repente puede comprarse un magnífico lomo de atún por muy poco dinero. Y quizá, por primera vez en muchos años, conseguir un amarre en una marina sea realmente económico.

 

 

El sargazo puede proteger el litoral frente a las marejadas ciclónicas, ayudando a estabilizar e incluso formar playas y dunas, de manera similar a los manglares o los arrecifes. Los agricultores llevan mucho tiempo utilizándolo como fertilizante. Los investigadores estudian su posible aprovechamiento para producir biocombustibles, productos farmacéuticos y materiales de construcción. Algunos emprendedores ven oportunidades donde otros solo contemplan una catástrofe.

El Caribe siempre ha mantenido un delicado equilibrio con el mar, pero la magnitud de estas masas vegetales es diferente. Más permanente. Más estructural. El océano, que durante tanto tiempo simbolizó libertad y abundancia, llega ahora cargado de señales de advertencia.

 

 

 

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