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Navegar por el Mar Báltico y el Mar del Norte

 

 

Si lo pruebas... repites. Los países nórdicos tienen mucho que ofrecer a los amantes del mar. Paisajes muy hermosos, fiordos y canales impresionantes, costumbres y culturas envidiables... Lo importe es escoger el verano para no pasar demasiado frío.

La cita era en Copenhague, capital de Dinamarca, desde donde deberíamos navegar un Sunreef 50 hasta Stavanguer, bellísima ciudad en mitad de uno de los numerosos fiordos del Su de Noruega. Una ocasión perfecta para descubrir

estas costas nórdicas y para conocer en profundidad la capacidad marinera de un catamarán nuevo, que para muchos es sólo un barco de chárter mediterráneo... Nada más alejado de la realidad como pudimos descubrir.

El catamarán descansaba amarrado en una pequeña marina cerca de Copenhague. La afición al mar en Dinamarca es enorme y cada rincón de la costa tiene sus pequeñas instalaciones con atractivos pantalanes y un restaurante en el que se reúnen los aficionados cada fin de semana. Aunque la ciudad de la sirenita es de obligada visita, ya la conocimos en otro viaje y en esta ocasión no pudimos volver a recorrer sus canales y atractivos monumentos. Tras un pequeño trayecto desde el aeropuerto, llegamos a Ishoj Havn, uno de los muchos puertos deportivos al suroeste de la capital, en donde nos esperaban Raul y Margui. El Sunreef ya estaba avituallado y listo para zarpar, y aunque la mañana siguiente amaneció algo nublada, soltamos amarras rumbo norte.

 

Navegar sobre la carretera

El canal Báltico estaba tranquilo, protegido por su angostura, pero durante el mes de Mayo seguía siendo una época demasiado fresca para los que solemos navegar en mares más cálidos. Ya estábamos avisados, y por ello no faltaban prendas polares, camisetas térmicas y un monos integrales para afrontar los vientos heladores con los que más adelante tuvimos que lidiar en el Mar del Norte.

Es mucho mejor escoger los meses de Julio y Agosto o al menos esperar a los comienzos del mes de Junio, pero la agenda era apretada y debíamos partir. La meteo es muy cambiante en estas zonas y por ello alquilar un barco en estos países puede resultar una experiencia fascinante, siempre que tengamos una semana bien soleada. Y es que los paisajes, la navegación, el mar, en fin todo, se ve de forma muy distinta en un día luminoso y soleado. A pesar de ello, la bruma, los días nublados, y la navegación fresca ofrecen una atmósfera atractiva, misteriosa y mística. También me gustan…

Al sur de Saltholm cerca de Copenhague, la carretera E20 se hunde repentinamente bajo el mar en el túnel de Drogden de 3,5 kilómetros de longitud, para emerger de nuevo y continuar sobre el mar, colgada de un larguísimo puente atirantado de casi 8 kilómetros. Navegamos virtualmente sobre el tráfico rodado, en el estrecho de Oresund, rumbo a Helsingborg.

Unas millas mar adentro se distribuyen largas filas de molinos eólicos que dejamos por estribor mientras giran a pleno rendimiento. La conciencia ecológica en este país es ejemplar, como lo demuestran este y muchos otros hechos, como por ejemplo los barcos ferrys totalmente eléctricos. Y hablamos de barcos inmensos, de varios cientos de metros y miles de toneladas de desplazamiento. La movilidad eléctrica en el mar es una realidad… al menos en Dinamarca.

 

Una maniobra comprometida

Las noches son muy cortas y apenas duran 4 ó 5 horas en esta época del año, pero de alguna manera nunca se llega a hacer de noche del todo. Tras la puesta de sol permanece una especie de extraño resplandor parecido al que a veces se observa cuando estamos ante un eclipse solar. El caso es que ya a la 5 de la mañana estábamos navegando, teníamos muchas millas por delante durante la primera jornada de navegación.

Pasada la media mañana enfilábamos el estrecho paso que separa la ciudad de Helsingborg de Elsinor, mientras soplaba un escaso fuerza 4 que se encañonaba para alcanzar rápidamente fuerza 6 y 7 en apenas unos minutos. Aunque Helsingborg merece una parada y visita, decidimos continuar, aunque es del todo recomendable para otros viajes, planificar tiempos más holgados y detenerse en esta bella ciudad que nos ha quedado pendiente.

El mitad del estrecho canal de apenas 4.000 metros de anchura, el anemómetros ya marcaba más de 20 nudos de viento, y mostraba un denso tráfico marítimo de barcazas, ferries, y otros mercantes. Nada de lo que preocuparse mientras no pierdas una colchoneta por la borda y te veas obligado a arriar todo el trapo para intentar recuperar el asiento arrancado desde la proa en una racha algo más fuerte. Que si la damos por perdida, que si intentamos su recuperación… En unos minutos casi la pierdes de vista a pesar de su voluminosa forma, y te das cuenta la gravedad que puede suponer perder a un tripulante por la borda. En la mar una situación controlada y aparentemente fácil, puede tornarse complicada y comprometida en solo unos segundos.

Bajar las velas y arrancar motores, cambiar el rumbo, enfrentarse a la mar y tener que conjugar todo ello con el intenso tráfico de barcos, dista bastante de ser una operación evidente. Las olas infantiles, de a penas un metro de altura, contempladas con viento a favor desde la altura del hardtop protegido por sus nuevos toldos antirociones, son muy diferentes cuando tras hacer una maniobra de recuperación intentas aproximarte y dar la popa, mientas te tumbas en el espejo de popa atravesado el barco a la mar y ves partir la dichosa colchoneta entre los dos patines que suben y bajan salpicando todo con espuma muy fría. Al tercer intento la pudimos agarrar mientras me empapaba por culpa de una de esas dichosas olas que cubrían totalmente el primer escalón de la bajada de popa, con el consiguiente y desagradable remojón… eso sí permaneciendo a bordo. Cuando te toca afrontar una situación algo anormal, es cuando recuerdas que una mano es para ti mientras intentas con la otra hacer la pesca de colchones.

Con la colchoneta de nuevo a bordo y la satisfacción de haber realizado un buen ejercicio de recuperación de hombre-al-agua, volvimos a retomar rumbo y subir las velas retornando a la tranquilidad de una navegación controlada. Es una gozada quitarse la ropa empapada, y tras secarse con una toalla calentita volverse a equipar con ropa nueva y seca. Todo está bien y lo celebramos con unos sandwiches y algunos frutos secos.

Aún faltaban 52 millas náuticas desde el estrecho “del incidente”, hasta la isla Anholt, en donde pensábamos pasar la noche…  y eso que ya llevábamos navegadas 38 millas desde el amanecer. Acostumbrado a navegar en barcos de 40 pies en donde se suelen hacer medias de 6 ó 7 nudos como máximo, te das cuenta como una larga jornada -pues el día dura casi 20 horas de luz- y la velocidad de 9 nudos a la que sin despeinarse navega el Sunreef 50, extienden los planes de navegación.

90 millas del plumazo y pasándolo en grande mientras conversamos de temas de mar, desde el cómodo y protegido Flybridge, desde donde casi siempre pilotamos el barco. El puesto de mando del Fly es realmente el principal, pues permite controlar perfectamente las cuatro esquinas del catamarán y ofrece una vista panorámica a 4 metros de altura sobre el nivel de mar. Está equipado con toda una completísima electrónica de B&G equipos de comunicación, radar, AIS, y todos los adelantos tecnológicos, incluido un iPad con la cartografía Navionics del norte de Europa que utilizamos tanto, si no más, que la propia cartografía de la pantalla Zeus que integra los equipos de viento y el piloto automático.

 

La isla de Anholt

Entre las 9 y las 10 de de la noche y aún con suficiente luz, atravesamos por fin la bocana del puerto de de Anholt, situado en la punta noroeste de la isla. Está protegida por dos largas escolleras semicirculares que ofrecen un perfecto abrigo, ideal contra los vientos del norte y del sur. Luego franqueamos el segundo espigón para acceder a un espejo de agua remansado, en el que además ha caído el viento. Un atardecer perfecto y una amarrada ideal, al lado de la gasolinera en la que pretendemos hacer gasoil a la mañana siguiente.

Recorremos el largo muelle, en el que hace un rato han llegado dos o tres barcos pesqueros cargados de gambas y centollos. Y como no podía ser de otra forma, por un precio más que razonable, nos llenan una bolsa con marisco aún vivo y recién sacado de las nasas. No se la cantidad de kilos que pudimos comprar, pero nos dio para hacer una mariscada inacabable que regamos por la noche con cervezas y una buena botella de vino español. ¿Se puede pedir más a la vida?

La isla de Anholt es un lugar muy turístico en verano, pero en estas fechas solo hay 3 ó 4 barcos en toda la marina. Los marineros y pescadores del lugar son un perfecto estereotipo del hombre de mar curtido y bonachón. Antes de partir a la mañana siguiente, salgo un rato a caminar alejándome por la serpenteante carretera que se adentra en la isla. Un paisaje verdecido y cuidado como si se trata de un gran jardín. Me cruzo con algunos daneses pedaleando en bicicleta mientras me paro a deleitarme con el frescor de los bosques de hayas.

 

Ruta a Skagen, extremo norte de Dinamarca

Son las 8 de la mañana y tras un desayuno, hacer combustible, y comprobar los sistemas antes de arrancar los dos Yanmar, salimos a navegar hacia la isla de Laeso, en la que no pararemos pues el destino para la etapa de hoy se encuentra a 67 millas náuticas. Deseamos llegar con horas de sol para poder elegir amarre y descansar antes de pegar el salto hacia Noruega.

Tenemos algo de viento, pero nos apoyamos un poco con el motor para no bajar de 8 nudos de velocidad media a pesar de la marejadilla. Hay bruma y el cielo está encapotado, pero el resguardo que ofrece el Sunreef es perfecto, tanto en el interior del salón, desde donde también se puede gobernar el barco con la comodidad de un lujoso apartamento, como en el gobierno del elevado Flybridge. El viento sube un poco y Raúl decide rizar la mayor. Toda la maniobra se encuentra redirigida al pie de mástil, con potentes stoppers, winches eléctricos, y una cabullería en Dynema de sección que impresiona a quien no está acostumbrado a este tipo de barcos.

Hay que ser cuidadoso con la driza pues el palo tiene una altura respetable y con el viento y el movimiento de la mar, es sencillo liarla en las crucetas durante la maniobra. A pesar de tener todo el cuidado, la driza de mayor de 14 milímetros se nos engancha arriba con crucetas y burdas, sin que exista manera de conseguir su verticalidad por mucho que lanzamos movimientos ondulatorios hacia arriba. Hay que subir al palo para resolver el entuerto. Hemos preparado una guindola y utilizamos una driza de spi enviada a uno de los winches eléctricos del Génova. Sin más Raúl se eleva a las alturas mientras el barco se mueve con cierta animación a pesar de ser un cata. El palo del Sunreef es tan grueso que a penas se puede abrazar con las piernas para sujetarse durante la subida, como acostumbramos a hacer en otros barcos. En una ola algo más brusca Raúl pierde el contacto con el mástil y sale volando a 15 metros de altura, pero consigue agarrar un obenque y sujetarse sin recibir ningún golpe serio. Un poco más de winch eléctrico y ya está a la altura de la cruceta en la que se ha montado el lío. En cuestión de segundos cazo la driza en la maniobra y comenzamos a descender al Capitán, que tras unos segundos aterriza en el pie de mástil. Todo resuelto.

La entrada al puerto de Skagen es sencilla, pero sopla bastante viento y anuncian temporal para las próximas horas. Hemos hecho bien en llegar con tiempo suficiente para hacer una inspección portuaria y elegir un buen sitio en donde poder amarrar. Una vuelta en redondo y dejamos caer el Sunreef protegido con todas las defensas hinchables sobre la banda de babor. La maniobra ha sido de libro, pero el stress se hace sentir, pues con viento y una superestructura tan importante, las cosas se pueden torcer rápidamente y en ese caso no es fácil enderezar una maniobra deficiente, a pesar de la potente hélice de proa y la ciaboga de los dos motores.

Pero estamos contentos pues ha salido perfecta y el Cata descansa en la latitud más alta en la que jamás, ni él ni nosotros, hayamos nunca navegado. Hace un frío del carajo y al pasar por la oficina del puerto, nos indican que en las próximas horas esperan la llegada de una regata y que quizás tendremos que abandonar el sitio en el que hemos amarrado para dejar sitio a los barcos que van a llegar. ¡Que van a llegar barcos con el viento que se ha levantado!

Efectivamente al cabo de unas horas llegó un único crucero tripulado por una experta tripulación que nos dejó alucinados al ver la facilidad con la que manejaban el barco dentro del puerto solo a vela, ya que se habían quedado sin motor, como si se tratara de un videojuego. Pedazo de control y experiencia marinera la de estos daneses… Un poco más tarde entro un Halber-Rassy que lió un follón de tres pares de narices con sus amarras al intentar amarrarse al pantalán. Las cosas no estaban fáciles.

 

 

Salir al Mar del Norte

Llevamos un par de días esperando a que amaine un poco el viento y sobre todo a que se calme la mar que hemos de atravesar para alcanzar las costas de Noruega. No hay mucha vida en Skagen, aunque el pueblo es pintoresco pero frío… muy frío.  Seguimos con obsesión el Windy, Wind-Predict y Wheater-4D tres o cuatro veces al día, de modo que los iPad están continuamente bajando datos de Internet a alta velocidad. Llevamos en el barco un Modem Bridge, con conexión 4G con tarjeta de datos danesa, y un router Wi-Fi que nos permite conectar hasta 8 dispositivos simultáneamente a la red del barco.

Tras un montón de dudas y cambios de planes decidimos salir por la tarde noche y prepararnos para una navegación nocturna en el Mar del Norte, que a pesar de la mejora de la meteo, promete regalarnos algo de “Rock&Roll”. Al cabo de un 5 millas y en cuanto damos la proa al cabo  se acaban las tonterías y nos damos cuenta de la dureza de la etapa que nos espera. El fondo es muy somero debido al ancho arenal que rodea la punta. Llevamos media hora navegando y la sonda continúa obstinadamente indicando no más de 5 metros de fondo, mientras las olas crecen y se van haciendo cada vez más duras. Algo por encima de Marejada.

Ya hemos fijado rumbo 285 en la pantalla del Zeus que nos indica 85 millas a destino, mientras la noche se adueña perezosamente del mar plomizo en el que navegamos con tres cuartos de Génova y un rizo en la mayor. Llevamos de forma mantenida una mar de través, con olas de unos 2 metros de altura y un viento de misma dirección, que hace andar el Sunreef como si estuviera azuzado por el mismo demonio. Potencia brutal. Estoy sorprendido de lo bien que anda el Cata en un mar tan bravío. Poco a poco vamos entrando en el mar del Norte, mientras las olas cada vez más grandes se estrellan contra las proas que levantan con regularidad un buena cortina de espuma. Disfrutamos del espectáculo desde la protección del Hardtop cerrado a cal y canto mediante un cerramiento transparente y calentado mediante una estufa de aire caliente. Vamos de cine… Tengo hambre y bajo a coger algo de comer. Aprovecho para contemplar la mar oscura desde la comodidad del salón. Hemos dejado de ver las luces de popa de los pesqueros que faenaban cerca de Skagen y ante nosotros se abre una tiniebla infinita mientras el barco avanza con seguridad en mitad de un mar desapacible.

Al bajar al camarote para buscar algo más de abrigo, observo un importante balanceo. ¿Escora en un cata? El frente de olas nos entra totalmente por babor con una sincronía casi perfecta. Cuando la ola se monta bajo el patín de estribor, este se levanta dos metros sobre la ola, mientras que el patín de babor se hunde en el seno de la anterior. 3 ó 4 metros de diferencia de nivel que dan cierto respeto aunque no preocupación, pues la manga del barco es de 9,1 metros. De vez en cuando una de estas olas es mayor al resto y observo fascinado como la ventana del camarote de babor queda, durante unos segundos, totalmente debajo del agua permitiendo ver el interior del mar como si navegáramos en un batiscafo. Impresionante. Todo va en automático mientras desde el salón reviso los datos de navegación. Todo está bien.

Hemos pasado las 5 horas de noche a un ritmo endiablado, logrando una navegación mantenida de 9 nudos que me han hecho dudar sobre la necesidad de recoger un poco de trapo pues a veces las rachas se mantienen por encima de 25 nudos. Ya ha amanecido y el viento y la mar han rolado en ceñida de babor, mientras el sol se asoma tímidamente entre las nubes. Las bofetadas del mar contra las proas son tremendas y cuando entra una buena ola, la explosión de agua es espectacular sin que por ello el Sunreef parezca perder a penas arrancada. Una autentica máquina de tragar millas.

Son las 4 de la tarde y tanto el mar como el viento han caído hasta F2 a unas 3 millas de las costas noruegas. Entramos entre neblinas en la imponente ría o bahía de Kristiansand.

 

Navegar en Noruega; Rumbo Kristiansen

Desde la entrada a la ría definida por los islotes que debemos esquivar, el mar se ha remansado y a pesar de una meteo grisácea y del continuo chirimiri, disfrutamos la belleza de la vegetación, y del paisaje verdecido. Nos abarloamos al pantalán de la gasolinera que sólo levanta medio metro del mar. El salto que hay que dar desde la cubierta del patín de proa es significativo pues esta se encuentra a casi dos metros sobre el nivel del mar.

En  estas tierras el concepto de honradez está a otro nivel. No hay nadie que necesite controlar. Miramos el precio de la estadía en puerto en un listado pegado en un vidrio de una oficina cerrada y hay un buzón en el que debes depositar el precio del amarre. En otras marinas incluso el cartel explica que si necesitas cambio puede coger las llaves del buzón, para dejar el dinero y cobrarte la diferencia..!

Ya amarrados divago un poco con Google Earth y observo los numerosos canales y caprichos de la costa que discurre hasta Oslo. Una lástima no poder recorrerla con más tranquilidad, pues debe de esconder cientos de rincones llenos de encanto. Hay centenares de pequeños puertos hayá donde mires. De algún modo esto es como navegar en las rías gallegas pero más “a lo bestia”. Un paisaje excepcional y lleno de encanto.

Kristiansen es una bella ciudad de anchas avenidas y calles bien cuidadas. El restaurante en el que hemos caído está correcto si bien, en este asunto no es Galicia ni de lejos... Se come bien pero los precios son caros y hay que mirar la carta con cierto recelo para no hacer un agujero en el bolsillo.

 

La costa del Suroeste noruego

La etapa es larga pues pretendemos hacer 145 millas. Nos hemos puesto las pilas muy de madrugada pues como mínimo calculamos 16 horas de navegación del tirón. Es una pena recorrer el sur de Noruega a esta velocidad, pero ya encontraremos otra ocasión para recorrer esta costa con más pausa. Ahora entendemos porqué los noruegos tienen esa gran afición al mar. A pesar de la meteo que podría ser mejor, nos entusiasma la preciosa costa y nos prometemos regresar para hacer un chárter en un futuro.

Son las 5 de la mañana y ya llevamos media hora de navegación mientras despunta el alba. Al ver nuestro pabellón español, un mercante gallego fondeado en la bahía nos da un toque de bocina para saludarnos. La mar fuera de la ría está buena, quizás un poco por debajo de marejadilla. No hay mucho viento pero los dos Yanmar de 80cv empujan, junto con todo el plano vélico, manteniendo el cata por encima de los 9 nudos. En navegaciones continuadas el Sunreef 50 permite hacer medias por encima de las 200 millas diarias sin demasiado esfuerzo. Es un pedazo de barco, pero quizás se me antoja algo grande para hacer una navegación en pareja y creo que requiere al menos 3 ó 4 tripulantes para mantenerlo bien controlado en las situaciones más comprometidas.

Navegamos a unas dos millas de costa del suroeste noruego, mientras desfilan multitud de nuevas bahías, rías y rincones, que de nuevo para mi disgusto no tenemos tiempo de visitar y disfrutar. Y es que este viaje de 2 ó 3 etapas sería ideal para recorrer en 2 ó 3 semanas como mínimo. Para tener tiempo de visitar sitios que me abren el apetito de aventura como las rías de Farsund o la caprichosa entrada de la ría de Flekkefjord.

Se ha puesto el sol cuando comenzamos la entrada a la compleja y profunda ría de Stavanger. Navionics en el iPad y la cartografía de la pantalla Zeus son perfectas para adentrarnos en este laberinto de islotes, pasos, islas y canales para nosotros desconocidos. Los dos equipos se complementan y estoy contento de llevar los dos. Como aún queda algo de luz, elegimos una singladura algo más corta que atraviesa un estrecho y bello paso entre dos islotes y cuando por fin llegamos a una de las marinas de Stavanger ya es noche cerrada, pero las dársenas están muy bien iluminadas.

A pesar de todo, llegar a un puerto nuevo, desconocido y de noche siempre da respeto. Hacemos la arribada a dos nudos y a pesar de ello dudamos al ver boyas diseminadas que nos desorientan los últimos centenares de metros. Elegimos un pantalán equivocado y demasiado estrecho y un golpe de viento descontrola toda la maniobra. Ante la duda Raúl decide abortar y volver a salir del sitio para evitar una colisión con el dique de hormigón. Ante la duda siempre es mejor abortar y reiniciar la maniobra tantas veces como hagan falta. A la segunda salto a tierra y hago firme el cata. Son las 11 de la noche y ya mañana tendremos tiempo de organizar bien las amarras.

 

 

 Stavanger; Puerta a los fiordos noruegos

Tanto la ciudad como la ría con sus fiordos son un espectáculo impresionante. Canales y mares interiores, islotes y pequeñas bahía. Un entorno que da para varias semanas de navegación sin necesidad de salir a otras zonas de Noruega.

Las profundas y retorcidas lenguas de agua a pie de acantilados, contrastan con el verde de su densa vegetación y el azul oscuro de sus profundas aguas. Hay centenares de pequeñas casitas particulares de colores llamativos; naranja, amarillas, rojas… En algunos rincones aparecen enormes cascadas que descienden desde centenares de metros en las cumbres. Para quien se planté Noruega como próximo destino náutico este es un lugar perfecto, y podemos encontrar empresas de charter para comenzar la aventura desde este fascinante lugar en donde nosotros la finalizamos.

La ciudad medieval fundada en el siglo XII está llena de parques, iglesias de sabor nórdico, gentes paseando distraídamente por todas partes y un buen ambiente nocturno para tomar cervezas con los amigos. Además estamos en fiestas y en cada parque hay un grupo de pop o de rock tocando al aire libre. Deambulamos por sus callejuelas empedradas que conducen a diferentes museos como el del petróleo, y rincones muy animados. Puestos de comida en la calle y artistas exponiendo sus obras en sus kioscos coloridos.

Contemplar los fiordos es tan impresionante desde el agua como desde arriba en la montaña. El espectáculo no deja indiferente a nadie. En los alrededores de Stavanger se encuentran algunos de los paisajes más impresionantes de Noruega, tanto para hacer rutas de senderismo, como excursiones en montain-bike, kayak o incluso rafting. No hay que dejar de hacer una excursión al púlpito, un balcón rocoso volando a 600 metros de altura en caída casi vertical a los pies del fiordo.

 

 

 

 

 

 

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