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La
limpieza de la hélice

La
hélice como cualquier otra parte del barco bajo el agua se ve
sometida a todos los ataques, oxidaciones y adherencias del mar.
Es la pieza “clave” en la propulsión de los barcos, al menos en
los barcos a motor, y por ello merece una especial atención.
En
desplazamientos a motor, la hélice representa el elemento que
permite transformar la energía mecánica del motor en propulsión,
que es lo que finalmente interesa. Tener una hélice en mal estado
es un desastre. Si está desequilibrada producirá vibraciones y
acabará por estropear el eje de transmisión. Si está doblada o
golpeada peor aún, ya que además de quedar desequilibrada,
producirá enormes rozamientos hidrodinámicos que se traducirán en
bajos rendimientos.

Por ello,
cuando sacamos el barco del agua la primera inspección a la hélice
será para determinar si tiene algún impacto que necesite
reparación. Pero lo que siempre será necesario tras varios meses
de permanencia del barco en el agua es la limpieza de la hélice.
Como en cualquier otra parte de la obra viva, el caracolillo y
otras incrustaciones bajo diferentes formas de vida aparecerán
originando importantes depósitos calcáreos que provocan
irregularidades en su superficie y por tanto contribuyen de alguna
manera a desequilibrarla, pero sobre todo a crear una superficie
de gran rugosidad lo cual es sinónimo de fuertes rozamientos o lo
que es lo mismo, bajos rendimientos y pérdida de empuje.

Tener la hélice
muy sucia es como si en un coche rodáramos por una carretera en
muy mal estado y llena de baches. Sabemos que una obra viva muy
sucia frena notablemente el desplazamiento del barco. Y lo mismo
ocurre con la hélice a pesar de ser pequeña en relación con el
tamaño la carena, pues aunque su superficie es mucho menor a la
del casco mojado, al girar a mucha velocidad es como si
multiplicara su superficie por el número de revoluciones a la que
gira.
La moraleja es
que debemos llevarla lo más limpia y pulida posible. Y en todo
caso limpia de las horribles incrustaciones y depósitos calcáreos.

Nada más sacar
el barco del agua hay que proceder a su limpieza, antes de que
seque y haga más dura la operación. Trabajo que no llevará mucho
tiempo y para el cual emplearemos una espátula con la que
atacaremos sin miedo su superficie. No se preocupe ya que es de
bronce y no se trata del casco, más delicado.

Ahora le ha
llegado el turno al ánodo de sacrificio situado justo en el eje de
la hélice y que posiblemente esté hecho un asco. Para desmontarlo
utilizaremos una llave “Allen”, operación que no suele dar
problemas.

Una vez
arrancados las incrustaciones por ambas caras utilizaremos una
botella de “salfumán” comprada en cualquier droguería. El
“salfumán” es ácido clorhídrico diluido a un 20% ó 30% y se comerá
literalmente y de forma inmediata todo lo que pudiera quedar.
Chorrearemos la hélice con el ácido de forma generosa, frotando
con un trapo, o mejor aún un Scoth-Brite, y aclarando finalmente con
agua dulce.
Pero cuidado
con la piel y sobre todo con los ojos. Póngase guantes, protéjase
los ojos y tenga la manguera de agua a mano por seguridad y
porque es importante aclarar el ácido a penas un minuto después de
utilizarlo.

¡Es alucinante
ver como queda de limpia y suave!. Ha recuperado el precioso color
del bronce como cuando era totalmente nueva!

Y ahora le
llega el turno a las nuevas protecciones. Cuando la tengamos
totalmente seca, podremos sacar la brocha y pintarla, primero con
una capa de impregnación que hará de soporte a la pintura biocida
final. Hay que dejar secar a fondo la impregnación durante varias
horas (mejor un día entero) antes de aplicar la pintura de antifouling. Pero no se trata del mismo antifouling con el que
pintamos el casco del barco. Se trata de un producto específico
para hélices con una matriz mucho más dura al del antifouling
normal pues debe resistir las altas velocidades lineales a las que
se mueven las aspas de la hélice.

El ánodo de
sacrificio que desmontamos anteriormente ha sido sustituido por un
nuevo. Debemos poner unas gotas de un producto “fija-tornillos”
para evitar que este pueda aflojarse lo cual nos haría perder el
ánodo. Y ¡Ojo, no debemos pintar nada el ánodo de sacrificio! Para
eso está, para oxidarse y sacrificarse en favor del bronce de
nuestra preciada hélice.
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